SOY ARTISTA
Actualizado: hace 4 días
Hay dos palabras que, para muchos artistas emergentes, pueden resultar sorprendentemente difíciles de pronunciar.
Soy artista.
Parece una frase sencilla, son solo dos palabras. Pero decirlas en voz alta puede generar una mezcla extraña de orgullo, inseguridad e incluso cierta vergüenza.
Porque una cosa es pintar, dibujar, crear, pasar horas delante de un lienzo, pensar en colores, texturas y composiciones, compartir tu trabajo en redes o tener una página web.
Y otra muy distinta es mirarle a alguien y decirle "Soy artista". O incluso cuando alguien te lo dice a ti te hace sentir rara, como si no merecieses ser identificada como tal, sientes que te queda grande. A mí me pasa.

Cuando alguien me pregunta a qué me dedico (aparte de mi trabajo principal, porque el arte de momento no da para vivir), muchas veces aparece esa pequeña duda interna: ¿Lo digo? ¿No lo digo? ¿Cómo lo explico?
Y entonces quizá digo que pinto, que tengo un proyecto artístico, que estoy empezando, que soy artista emergente... Como si necesitara añadir una palabra que rebajase un poco la afirmación. Como si decir simplemente "soy artista" fuese demasiado.
¿Quién decide cuándo puedes llamarte artista?
Creo que muchos artistas emergentes vivimos con una especie de lista imaginaria de requisitos. "Cuando haya hecho una exposición importante... Cuando venda más obras...Cuando tenga un estudio o galería...Cuando alguien reconozca mi trabajo...Cuando tenga suficientes seguidores...Cuando pueda vivir de ello...Cuando deje de sentir que estoy empezando...Entonces sí. Entonces podré decir que soy artista.
Pero ¿y si no funciona así? Quizá artista no es una categoría que alguien concede cuando has alcanzado determinado nivel de éxito. Quizá empieza mucho antes. Empieza cuando crear deja de ser simplemente algo que haces y pasa a formar parte de quién eres.

Hay algo curioso en la reacción que imaginamos que tendrán los demás. Porque cuando dices que eres abogado, arquitecta, profesora, ingeniero o administrativa, nadie suele pensar que estás haciendo algo extraño. Pero dices que eres artista y, a veces, parece que tienes que justificarlo.
¿Vives de ello? ¿Dónde expones? ¿Has estudiado Bellas Artes? ¿Vendes tus cuadros? ¿Tienes una galería?
Y si la respuesta a alguna de estas es todavía "no", aparece esa sensación de que quizá no tienes suficiente legitimidad para llamarte artista.
También existe ese estereotipo del artista bohemio, despreocupado, viviendo en un mundo paralelo, dedicado a crear mientras el resto trabaja.
Y en realidad los artistas emergentes hoy en día se parecen poco o nada a eso. Detrás de una obra hay horas y horas de trabajo. Formación, investigación, pruebas, errores, materiales, inversión, fotografías, redes sociales, una web, embalajes, envíos, facturas, contactos, exposiciones, concursos, convocatorias y, casi siempre, otro trabajo que permite que todo lo demás sea posible. Es mi caso.
Crear también es trabajar, aunque todavía no puedas vivir de ello.

Soy artista, aunque todavía esté construyendo mi camino. Ser emergente significa estar construyendo una trayectoria, no significa estar esperando a convertirte en artista.
Estás en el proceso de convertir tu práctica artística en una carrera, en un lenguaje propio y en una identidad profesional.
Y quizá deberíamos empezar a hablar de ello con menos miedo. No porque tengamos que convencernos de algo que no somos. Sino porque, si creamos, trabajamos nuestra obra, desarrollamos una mirada, y elegimos conscientemente dedicar una parte de nuestra vida al arte, quizá ya no necesitamos esperar a que alguien venga a darnos permiso. Podemos simplemente decirlo.
Soy artista. Aunque me tiemble un poco la voz al decirlo, aunque tenga otro trabajo. Aunque todavía venda poco. Porque quizá reconocerse como artista no tiene tanto que ver con haber llegado a algún sitio. Tiene que ver con reconocer que ya estamos caminando hacia allí.
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