CUANDO LA OBRA DECIDE SU CAMINO Y NO ES EL QUE TÚ TENÍAS PENSADO
- carlagonzbar
- 3 may
- 2 min de lectura
Muchas veces empiezo con una imagen en la cabeza.
No siempre es nítida, pero está ahí. Una idea de por dónde quiero ir, de cómo podría resolverse, de lo que me gustaría que pasara en el lienzo. Es una referencia inicial, algo a lo que agarrarme. Pero pocas veces termina siendo así, en el arte abstracto creo que es algo normal ya que se experimenta mucho.
A medida que avanzo, la obra empieza a desviarse. Aparecen decisiones que no estaban previstas, cambios que no encajan con la idea original, caminos que se abren sin que los haya buscado del todo.

Y ahí es donde se genera una especie de tensión constante. Por un lado, está lo que tenía en mente, por otro, lo que está ocurriendo realmente delante de mí. A veces lo que aparece es mejor, más interesante, más vivo, con algo que no habría sabido construir de forma consciente. En esos casos, aprender a soltar la idea inicial casi se vuelve un alivio. Dejar de intentar dirigirlo todo y seguir lo que la propia obra va pidiendo.
Pero no siempre pasa así, hay veces en las que ese desvío no me convence. En las que siento que me estoy alejando de algo que sí tenía sentido, y no tengo claro si lo que está surgiendo lo mejora o lo diluye. Y eso me genera frustración.
Porque no es solo que la obra no funcione, es que tampoco es ya lo que quería que fuera. En ese punto, no hay una decisión clara.
No sé si insistir en recuperar la idea inicial, si dejar que la obra siga por donde va, o si parar antes de perderla del todo. Es un equilibrio difícil, porque cualquier movimiento puede acercarla o alejarla más.
He probado todas las opciones. Forzar la vuelta a la idea original, muchas veces hace que la pintura se vuelva rígida. Como si estuviera intentando corregir algo que ya ha cambiado demasiado. Pero dejarla ir sin criterio tampoco funciona. No todo lo que aparece tiene valor solo por ser espontáneo.

Con el tiempo he entendido que nos e tarta de elegir entre una cosa u otra.
Se trata de saber escuchar en qué momento la obra ha superado la idea inicial, y en cuál simplemente se ha desviado sin encontrar su lugar. No siempre lo sé ver en el momento.
A veces, necesito distancia. Parar, girar el lienzo, dejarlo unos días. Volver a mirarlo sin esa expectativa tan presente. Y es entonces cuando puedo ver con más claridad si lo que ha surgido sostiene algo por sí mismo o no.
Trabajar así implica aceptar esa incertidumbre. Aceptar que la imagen mental no es una guía fija, sino un punto de partida. Y que, en el proceso, puede desaparecer por completo o transformarse en algo nuevo, distinto.
Al final, más que llegar a una imagen concreta, lo que busco es que la obra tenga sentido por sí sola, aunque no se parezca a lo que había imaginado al principio, pero que transmita lo mismo o más que la idea que quería expresar.
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